Saturday, February 9, 2013

Contigo me siento viva, de una manera tan cruda y pura; sin adornos ni pretensiones. Me siento ebria de energía y optimismo, como si pisar tu suelo e inhalar tu aire me extrapolaran a un lugar donde no existe más que la vibración que hace la alegría en las cuerdas vocales al resonar la risa. Me siento viva, como la niña que corre al encuentro del pasto en el vestido nuevo de los domingos. Me siento más yo y un poco menos yo, la que habita en mis entrañas sin dejar de regodearse en la tristeza de hace unos meses.

Contigo me siento mujer y niña. Capaz de amar dulce, alegre, espontánea; con el corazón, como hacen todos los infantes en los brazos de su madre. Me siento capaz de contar tus pestañas y esconderme en tus brazos, inhalar tu perfume y dormirme en tus latidos, calientes en un pecho vestido. Contigo soy feliz, aunque no lo sepamos ni tú ni yo; tú por la serena ignorancia del inexperto y yo porque no eres lo único que así me hace. Pero sí lo primordial.

Monday, January 14, 2013


Su mano cae en la de él, amplia y tosca, y es envuelta por cuatro dedos callosos que le acarician con finura. El corazón le salta en el pecho, sin poder situar la causa de su conmoción, o la de la  tibia corriente que hala de ella hacia arriba, a mirarle sin disimulo el rostro compuesto de ángulos abruptos. El cuadrado de la barbilla y el gancho afilado de la nariz, e incluso la dureza de sus pómulos de mármol, parecen suavizarse bajo su atenta contemplación, y Andrea se sabe enamorada, con la certeza furiosa y cabal del infante que descubre algo nuevo y maravilloso.
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                Él la toca en la penumbra; palmas secas bajo su falda plisada, y Andrea se siente en el cielo cuando sus labios rozan su clavícula.  Apenas puede adivinar la forma de su rostro, pero ve sus orbes con toda claridad: un par de fuegos fatuos fulgurando sobre lienzo negro, que amenaza con beberse el azul de sus pupilas cada vez que sus pestañas barren sus mejillas.

                Lo besa con devoción, con amor, con la urgencia de probarse digna de tan íntimas atenciones, y sus uñas van a clavarse a su espalda descubierta, arrastrando en líneas rojas la efervescencia de su pasión. Se siente frágil en sus brazos, atrapada entre él y la pared, recibiendo ávida su contacto y desesperada en su austeridad, que le impide acercarse más, besarle más profundamente, quererle como quiere hacerlo.

Andrea desfallece en gemidos que ahoga con los dientes, dedos de pianista enredados en su cabello cuando no encuentra en su espalda algo a que aferrarse. Lo siente en ella, saturando sus sentidos y enturbiando la mente en una niebla donde sólo residen su voz y sus manos, tibias, contra sus pechos incipientes –Te amo, te amo- solloza en éxtasis, a punto de derrumbarse, y es tan poco consciente de lo que dice como de la sonrisa triste del muchacho, escondida a media luz.
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Hacen ya muchos meses que él se ha ido; Andrea todavía llora su ausencia. Lágrimas de sal bautizan el aniversario de su pecho contra el de ella y arremeten contra el niño que ahora yace en su regazo, recordatorio de una misericordia vacua de todo agradecimiento. Le estruja la mejilla con suavidad, queriendo quitar un resto de leche, y el chiquillo abre los ojos, par de fuegos fatuos rutilando en lienzo blanco. Andrea contiene el aliento y se inclina a besarle, pidiendo a quien escuche el regreso de su amado, a expensas del hijo.

A expensas de su hijo.

Thursday, December 27, 2012



Cuéntame un cuento cuando esté dormida. Toma esa vieja libreta que escondes bajo el colchón y olvídate de pretender que no sabes que pretendo no saber de ella. La he visto ahí, asomando debajo de los resortes como una costilla rota, pero nunca la he tocado, si eso es lo que te preocupa. Tómala y cuéntame un cuento ahora que estoy dormida, lame tu dedo al pasar las páginas y elige palabras que creas merezcan ser leídas en voz alta. Puedes susurrarlas si lo deseas.

Cuéntame un cuento cuando esté dormida; cuando no esté escuchando, cuando no esté consciente. Cuéntame un cuento que pueda soñar y luego olvidar. Recita las palabras que hacen balbucear a tu corazón y pintan tus mejillas del rojo más profundo; beberé inconscientemente la tinta que tu lengua derrama y construiré un fuerte alrededor de ésta cuando despierte, sin comprender enteramente qué es lo que estoy protegiendo.  Pon tus letras en mi cabeza y zúrcelas con mano ligera, para que no pueda olerlas, verlas, tocarlas, oírlas o saborearlas; pero deja un camino que me deje sentirlas. Téjelas en mis venas, imprímelas en mis huesos, enciende una vela cuando los que sueñan estén durmiendo y haz acopio de fuerzas para cuando se escuche tu voz.

Cuéntame una historia y no temas, pues no se olvida lo que no es aprendido.