Contigo me siento viva, de una manera tan cruda y pura; sin adornos ni pretensiones. Me siento ebria de energía y optimismo, como si pisar tu suelo e inhalar tu aire me extrapolaran a un lugar donde no existe más que la vibración que hace la alegría en las cuerdas vocales al resonar la risa. Me siento viva, como la niña que corre al encuentro del pasto en el vestido nuevo de los domingos. Me siento más yo y un poco menos yo, la que habita en mis entrañas sin dejar de regodearse en la tristeza de hace unos meses.
Contigo me siento mujer y niña. Capaz de amar dulce, alegre, espontánea; con el corazón, como hacen todos los infantes en los brazos de su madre. Me siento capaz de contar tus pestañas y esconderme en tus brazos, inhalar tu perfume y dormirme en tus latidos, calientes en un pecho vestido. Contigo soy feliz, aunque no lo sepamos ni tú ni yo; tú por la serena ignorancia del inexperto y yo porque no eres lo único que así me hace. Pero sí lo primordial.
Saturday, February 9, 2013
Monday, January 14, 2013
Su mano cae en
la de él, amplia y tosca, y es envuelta por cuatro dedos callosos que le
acarician con finura. El corazón le salta en el pecho, sin poder situar la
causa de su conmoción, o la de la tibia
corriente que hala de ella hacia arriba, a mirarle sin disimulo el rostro
compuesto de ángulos abruptos. El cuadrado de la barbilla y el gancho afilado
de la nariz, e incluso la dureza de sus pómulos de mármol, parecen suavizarse
bajo su atenta contemplación, y Andrea se sabe enamorada, con la certeza furiosa
y cabal del infante que descubre algo nuevo y maravilloso.
__________________
Él
la toca en la penumbra; palmas secas bajo su falda plisada, y Andrea se siente
en el cielo cuando sus labios rozan su clavícula. Apenas puede adivinar la forma de su rostro,
pero ve sus orbes con toda claridad: un par de fuegos fatuos fulgurando sobre
lienzo negro, que amenaza con beberse el azul de sus pupilas cada vez que sus
pestañas barren sus mejillas.
Lo
besa con devoción, con amor, con la urgencia de probarse digna de tan íntimas
atenciones, y sus uñas van a clavarse a su espalda descubierta, arrastrando en
líneas rojas la efervescencia de su pasión. Se siente frágil en sus brazos,
atrapada entre él y la pared, recibiendo ávida su contacto y desesperada en su
austeridad, que le impide acercarse más, besarle más profundamente, quererle
como quiere hacerlo.
Andrea
desfallece en gemidos que ahoga con los dientes, dedos de pianista enredados en
su cabello cuando no encuentra en su espalda algo a que aferrarse. Lo siente en
ella, saturando sus sentidos y enturbiando la mente en una niebla donde sólo
residen su voz y sus manos, tibias, contra sus pechos incipientes –Te amo, te
amo- solloza en éxtasis, a punto de derrumbarse, y es tan poco consciente de lo
que dice como de la sonrisa triste del muchacho, escondida a media luz.
Hacen ya
muchos meses que él se ha ido; Andrea todavía llora su ausencia. Lágrimas de
sal bautizan el aniversario de su pecho contra el de ella y arremeten contra el
niño que ahora yace en su regazo, recordatorio de una misericordia vacua de
todo agradecimiento. Le estruja la mejilla con suavidad, queriendo quitar un
resto de leche, y el chiquillo abre los ojos, par de fuegos fatuos rutilando en
lienzo blanco. Andrea contiene el aliento y se inclina a besarle, pidiendo a
quien escuche el regreso de su amado, a expensas del hijo.
A expensas de
su hijo.
Thursday, December 27, 2012
Cuéntame un cuento cuando esté
dormida. Toma esa vieja libreta que escondes bajo el colchón y olvídate de
pretender que no sabes que pretendo no saber de ella. La he visto ahí, asomando
debajo de los resortes como una costilla rota, pero nunca la he tocado, si eso
es lo que te preocupa. Tómala y cuéntame un cuento ahora que estoy dormida,
lame tu dedo al pasar las páginas y elige palabras que creas merezcan ser
leídas en voz alta. Puedes susurrarlas si lo deseas.
Cuéntame un cuento cuando esté
dormida; cuando no esté escuchando, cuando no esté consciente. Cuéntame un
cuento que pueda soñar y luego olvidar. Recita las palabras que hacen balbucear
a tu corazón y pintan tus mejillas del rojo más profundo; beberé
inconscientemente la tinta que tu lengua derrama y construiré un fuerte
alrededor de ésta cuando despierte, sin comprender enteramente qué es lo que
estoy protegiendo. Pon tus letras en mi
cabeza y zúrcelas con mano ligera, para que no pueda olerlas, verlas, tocarlas,
oírlas o saborearlas; pero deja un camino que me deje sentirlas. Téjelas en mis
venas, imprímelas en mis huesos, enciende una vela cuando los que sueñan estén
durmiendo y haz acopio de fuerzas para cuando se escuche tu voz.
Cuéntame una historia y no temas,
pues no se olvida lo que no es aprendido.
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